Un respirar ajeno a mi aire que es otro aire Una piel en otra carne
Un latido ajeno
Aquí dentro
Donde todos somos nuestro
Un único pensamiento. Un mantra invade Esta luz extraña
que ilumina mi casa
Mi calle
Y mi perra lo sabe
Sentí que mi cuerpo traspasaba la piel
hollando la esperanza
que pretendía atrapar con mis labios.
Sentí que llevaba consigo
la melodía de la sangre,
construida de campanas
sin sermones ni badajos.
Cuando dejó de ser carne,
cuando dejó de tener huesos,
se hizo polvo de estrella
vestido de ceniza.
Me entregó mi sombra
y escuché su risa afilada,
como un vinilo
rodando entre cuchillos.
Sentí la humedad de los rostros
que lloraban mi vacío
desde la otra orilla.
Sentí el silencio del réquiem prometido
y ya mi esbozo pudo desvanecerse
e hilvanar la respuesta vivida
a la pregunta ignorada
-no por ello menos sufrida-,
venciendo así al dilema de los espejos.
Otra vez. Menguante.
Litigante. Creciente.
Reincidente.
Vi ayer a la luna con nombre de luna
y sombra de noche
ardiendo en esta mi poesía
mientras era poema.
Bebió de mis versos
y, embriagada, dispuso
la nube de humo de parapeto
para colarse por mi garganta.
Perdí la voz al cerrarse
la puerta que cobija mis palabras.
Desde entonces pienso mar y el océano se vuelve compacto y negro
y al pensar viento
los peces quedan en suspenso
en el acantilado,
riéndose de los árboles
que se curvan al borde del precipicio.
Ya ni pensar puedo sin que ella
me cante al oído
y me imponga -sí,
me ha robado la cordura-
y me imponga, -como os venía diciendo-,
el color del embozo de mis versos.
Dicen que exuda la linfa madura,
borbotea impávida sudor carnal
que resopla,
asfixia
y humedece
la piel -el tegumento-,
de tacto viscoso.
Siento sus gemidos azarosos
alterando las imágenes
de un futuro que
ya ha comenzado
a abrazarme del talle.
La negrita letra cursiva
abandona su índole codiciada.
La siento desteñir mis recodos,
como los exiliados
a los que obligan a rendir cuentas. ¿No oís, acaso,
cómo lloran las palabras?
Al anochecer, paro en la aldea de Shihao; cerrada la noche, llega un oficial para reclutar.
Por la pared trepa un anciano y huye; sale a responder la puerta una anciana.
¡Cómo ladra sus órdenes el oficial! ¡Qué amargamente llora la anciana!
Escucho lo que ella dice: sus tres hijos han ido a luchar a Yecheng.
Uno de ellos ha escrito por carta que sus dos hermanos han muerto en combate.
¡Los supervivientes apenas aferrados a la vida, mientras los muertos se han ido para siempre!
No queda nadie más en casa, solo un nieto, que todavía mama,
y la madre del nieto que viene y va de un lado a otro vestida con harapos.
La anciana, aunque débil, ruega al oficial que se la lleve esta noche
para servir en la urgente guerra de Heyang y cocinar el desayuno para el ejercito.
Entrada la noche, las voces cesan, pero me parece oír sollozos ahogados.
Al amanecer, continúo mi viaje, despidiéndome solo del anciano.
Contexto: la historia ocurre durante la rebelión de An Lushan , evento que marcó el declive de la dinastía Tang; una época de rebelión, guerra constante, inestabilidad social y, sobre todo, reclutamiento forzoso.El poeta Du Fu posiblemente presenció el evento que narra el poema mientras viajaba para ocupar un nuevo puesto en la corte.
Ilustración del poema «El oficial de Shihao» de Du Fu (1958), de Fu Baoshi (傅抱石, 1904–1965), uno de los maestros más influyentes de la pintura china moderna del siglo XX.