Naufragio

Disuelve mi frente en tu orilla
como imagino el temblor de Dios
La sintaxis de tu nombre
se quiebra.
Tus letras se disuelven
en el agua de tus lágrimas.
En la arena busco el rastro:
las pruebas de que fuimos.
Soy el desajuste del sueño.
El deterioro intacto del estigma.
La fe nos devora.
La cruz negra de la plegaria
cae del pecho.

Naufragio Leer entrada »

Poemas

El andamiaje fluvial del sufrimiento

Cuando quiero ver a alguien sufrir
lo imagino enamorado
-rehén petrificado-
en la orilla cambiante del Támesis,
furtivo de su propia quimera
-con ciega urgencia, podría decirse-
y el rostro de la esperanza
en la nuca gris de una promesa.

Insisto.
Cuando quiero ver a alguien sufrir
lo imagino rendido
-trastabillando indómito-
con los ojos
en la nuca
bajo el vértice invertido
de cualquier río gris
-sí, tienes razón,
cualquier torrente
ampara este entuerto-.

Altero los factores, sin embargo,
cuando soy yo
la que anhelo penar
cuando atronan mis rastrojos.
Imagino mi postergado vestigio
envuelto en frágil esfera.
De cristal teñido de pasado.
Tal cual.
Desecho inventarme enamorada
en corriente alguna.

El andamiaje fluvial del sufrimiento Leer entrada »

Poemas

Poetas malditos…

POESÍA VIVA: UNA DESINTOXICACIÓN NECESARIA

Pizarnik escribía su diario como quien anota su propia desaparición. Celan escribía poesía después de Auschwitz, como si el lenguaje pudiera resucitar a los muertos. Ambos se suicidaron. Y nosotros convertimos su muerte en mito.
He pasado décadas en las grietas donde vive la depresión y la psicosis. He estado al lado de gente que se desaparece en vida. He visto de cerca qué mata y qué sana. Puedo decirte esto: lo que pasó con ellos no fue poesía. Fue enfermedad. Y hay una diferencia que nuestra cultura romántica no quiere ver.

LA FALSA ECUACIÓN
La cultura hizo una falsa ecuación que se perpetúa como verdad sagrada: poeta real = dolor extremo = muerte posible.
Como si la profundidad poética requiriera autopsia. Como si solo quien sufre desesperadamente tuviera algo verdadero que decir. Como si la autenticidad tuviera precio de sangre.
Mira cómo funciona:
Sylvia Plath no es separable de su muerte. Su suicidio se convirtió en lectura retroactiva de “La campana de cristal”. La crítica hizo de ella la poeta que debía morir para ser auténtica. Su obra se lee como profecía de sí misma.
Hart Crane se lanzó desde un barco en 1932. Y la leyenda literaria lo canonizó: el poeta que eligió el mar antes que seguir viviendo. Romántico. Trágico. Falso.
Alejandra Pizarnik escribía su diario privado como quien anota su propia desaparición. Se publicó después. Y la crítica leyó poesía donde había enfermedad mental. Donde había desesperación. Donde había silencio.
Anne Sexton, confesional, visceral, raw. Y convertida en prueba viviente de que solo quien sufre así puede nombrar así. Su muerte confirmó lo que la cultura ya creía: que la verdadera poesía tiene precio.

EL DELIRIO QUE NADIE NOMBRA
Hay algo más grave que la mitificación del poeta maldito. Es que detrás de casi todas estas muertes hay una historia que la crítica no quiere ver: la imposibilidad de existir sin la mirada del otro. Una forma de amar que anula el yo y lo convierte en desaparición.

Leí los diarios de Pizarnik. Hay una verdad que resuena: la falta de amor correspondido no como tristeza, sino como inexistencia. Como si sin esa mirada amorosa del otro, ella misma se borrara.
Conocí esa enfermedad de cerca. A los 19 años, mi hermana de 23 se suicidó. Vivíamos juntos. Había algo en ella que la cultura romantiza como “pasión” y que era realmente patológico: idolatrar al ser amado colocándolo en posición de Dios. Ante esa mirada, ella no podía hacer otra cosa que desaparecer.
Plath obsesionada con Ted Hughes. Sexton incapaz de separarse del otro. Tsvetáieva escribiendo cartas de amor que son disolución del yo. Nerval persiguiendo a Jenny Colon hasta borrarse.
No murieron por ser poetas. Murieron por una forma de amar que mata: la incapacidad de existir fuera de la mirada amorosa del otro.

DÓNDE TERMINA LA POESÍA
La poesía termina en el silencio. Ese silencio es muerte. Lo que queda es el eco que hacemos los vivos con lo que dejaron. Nada más.
La depresión no es profundidad poética. Es un estado donde la realidad se tiñe de dolor, ansiedad, insomnio, hasta el delirio. La objetividad se borra. Y lo que queda es enfermedad, no inspiración.
Cuando se necesita a alguien para respirar, cuando sin su mirada el aire desaparece y nada tiene sentido: eso no es amor. Es enfermedad que requiere tratamiento, no romanticismo.
Cuando uno ama así —de esa manera loca— lo hace porque ha perdido la libertad. No puede amar de otra forma. Y eso es lo que mató a mi hermana. Lo que mató a Pizarnik, a Sexton. No la maldición del poeta. La esclavitud del amor imposible.

RESPONSABILIDAD ÉTICA. LAS ALTERNATIVAS EXISTEN

El discurso que romantiza al poeta maldito sigue siendo oficial. Sigue matando. Especialmente a gente joven que necesita validar su dolor a través de la autodestrucción.
He visto eso. No puedo explicarlo. Pero lo he visto.
Pero hay algo que la cultura no quiere ver: que hay poetas —ahora, aquí— que escriben desde profundidades reales sin necesidad de la maldición.
Hugo Mujica. Luis García Montero. Ernesto Cardenal. Clarice Lispector. Y en presente: Iñaki Herranz, Esther Ortiz Arrese, Irene Cánovas, los miembros de FourPoets.
Escriben hondo. Nombran lo difícil de nombrar. Acceden a capas que la poesía maldita pretende acceder. Pero siguen vivos. Siguen libres. No necesitaron morir para ser auténticos.
Eso es una alternativa. Y merece ser dicha en voz alta.

CIERRE
La verdadera maldición del poeta no es sufrir. Es no poder vivir. Es perder la libertad de amar, de escribir, de existir sin la validación del dolor.
La poesía auténtica no requiere autopsia. Requiere un poeta vivo, que respire, que siga siendo capaz de nombrar lo que otros no pueden nombrar.
Eso es lo que nos pide hoy: que dejemos morir el mito del poeta maldito. Que elijamos la vida. Que escribamos desde la profundidad pero sin sacrificar quiénes somos.
Los poetas que quedan vivos son los que nunca dejaron de ser libres.

Poetas malditos… Leer entrada »

Artículos

¿El 6 del 6 del 26?

la que no seré se cuestiona
-lo cuestiona todo-
cambiar lo que aún se puede
cambiar sin escudos
el punto final
el punto final de la danza
de esa danza ya sin música
el punto final
que no es azul ni es lila
ni nube ni lluvia

la que no seré duda
-duda de todo-
si romper los cálices
si seguir bailando
se pregunta si seguir
pintando las manchas de la cuna
o añadir Pantone 19-1533
a la locura ritual
del efebo o del anciano
-de nuevo la pregunta desnuda-
con tirso, copa y corona

yo sé que no debo pero
la que no seré cavila
cuándo ha de servirse
el siguiente cáliz del sermón
de ese sermón de la liturgia
tibia de la última noche
que volará sin alas

¿El 6 del 6 del 26? Leer entrada »

Poemas

Ella

No pide permiso para existir,
aparece visceral. Vomita
un idioma que no se enseña;
arde en la lengua del necio.
No salva ni promete salvación,
nombra todo lo que tú
borras desde la ignorancia.
Y, cuando cualquier día
crees haberla entendido,
descubres que es ella, sí, ella,
quien te estaba leyendo a ti.

—Iñaki Hernán—

Ella Leer entrada »

Poemas
Scroll al inicio