Bebí el veneno de las calles
a las tres de la mañana, mientras
los faroles parpadeaban
como ojos moribundos. No hay
dios en este vaso, solo
hielo y olvido. Mi pluma
es un cuchillo que se clava
en el papel. La ciudad
me escupe y yo sonrío
con los dientes rotos. Sombras
de bares cerrados se arrastran
por mi espalda. Todo huele
a tabaco viejo y esperanza
quemada. Pero en el fondo
del abismo una pequeña apertura
permite que entre la luz.
