Será que la ebriedad posada en lo tierno de tu costilla hizo mella con sus vapores de mentira amarga. Supe de ti sabiendo la vuelta; retorno de la bilis, y sin embargo, no sé nada que no sea, que nunca te conocí serena ni ebria, ni rozando mi blanca calavera, ni amamantándote de la absenta perturbada que manaba de mis ojos.
Cuántas generaciones hicieron falta para dejar de ser lo que uno fue, sin empuñar arma blanca para forzar amable los enrojecidos ojos de todo lo que siempre fuimos negando con una sinverdad el miedo a no ser; lo que nunca fuiste. Fuiste todo aquello que tragaste del aliento de los falaces.
Ya no queda, ni absenta, ni ojos, ni lo que nunca estuvo.
—Iñaki Hernán—
