El andamiaje fluvial del sufrimiento

Cuando quiero ver a alguien sufrir
lo imagino enamorado
—rehén petrificado—
en la orilla cambiante del Támesis,
furtivo de su propia quimera
—con ciega urgencia, podría decirse—
y el rostro de la esperanza 
en la nuca gris de una promesa.

Insisto. 
Cuando quiero ver a alguien sufrir
lo imagino rendido,
trastabillando indómito,
con los ojos 
en la nuca
bajo el vértice invertido
de cualquier río gris
—sí, tienes razón, 
cualquier torrente
ampara este entuerto—.

Altero los factores, sin embargo, 
cuando soy yo
la que anhelo penar
cuando atronan mis rastrojos.

Imagino mi postergado vestigio
envuelto en frágil esfera.
De cristal teñido de pasado.
Tal cual.
Descarto inventarme enamorada
en corriente alguna.

Endecha de gorrión

intentar
separar la lluvia del viento 
ahogar el henchido soplo
que burbujea indolente
espinando sus redondeces
sin acabar de estallar

y a la vez 
inventar
que siguen unidos
en el pájaro mojado
que se acerca a mis pies
y come de mi boca

ebrio dislate 
en la memoria de mi niebla

 

Yo amo la luz hermana que alienta mis sentidos

No alcanzo a adivinar el momento en que yo,
ya sin uñas ni dientes, cesé de fingirme tu amo,
cuándo, con añicos de lamentos, el abismo de la
confianza olvidó en la puerta de atrás el influjo de mi luz.

Qué tanto te aplaudiste, hermana,
para quererme morir que
tu silencio mi temblor alienta,
qué tanto cambiaste que hasta mis
contradicciones quedaron fuera de la sombra de tus sentidos.

 

Acróstico inspirado en el verso de Raquel Lanseros 
“Yo amo la luz hermana que alienta mis sentidos” 
de la poesía “Contigo” 
del poemario “Cuánto sé del rocío”

 

 

 

 

¿El seis del seis del veintiséis?

la que no seré se cuestiona
—lo cuestiona todo—
cambiar lo que aún se puede
cambiar sin escudos
el punto final
el punto final de la danza
de esa danza ya sin música
el punto final
que no es azul ni es lila
ni nube ni lluvia

la que no seré duda
—duda de todo—
si romper los cálices
si seguir bailando
se pregunta si seguir
pintando las manchas de la cuna
o añadir Pantone 19-1533
a la locura ritual
del efebo o del anciano
—de nuevo la pregunta desnuda—
con tirso, copa y corona

yo sé que no debo pero
la que no seré cavila
cuándo ha de servirse
el siguiente cáliz del sermón
de ese sermón de la liturgia
tibia de la última noche
que volará sin alas

Lo que nace cuando cae la tarde

Fatiga vértigos, 
piel sobre hueso, el eco
del sermón mendigo
buscando su nombre.

La palabra, el rumor 
de la palabra, perdida,
a pesar de pronunciarla,

alimenta sus vísceras,

seca las uvas de cansancio,

espera su turno
con ojos elevados
soñando con peces.

Lo único que, 

tal vez.

No soy Ana Grimberg y no me importa

A veces la jornada me queda 
un poco chica y le añado parches
o la tiño con balizas 
para que merezca recordarse.

A veces me muero.
Estuve muerta —de hecho— y me viví
porque me quise vivir
para vivir más que la vida chica
y ofrecerle asilo 
—aquí, junto a ti—
en estos tiznados versos.

Me viví para respirarme 
en la apnea.
A pesar de que nada sé
de aves sagradas, 
me viví
para que merezca recordarme.

Sin decir tu nombre

Hay una extraña quietud
cuando te sientas cerca,
como si la habitación
recordara de pronto 
el tú y su verdadera medida.

No necesito decir tu nombre
para saber que aquí:
basta el modo en que todo
se queda un poco más,
un poco más sobre la mesa.

Contigo, incluso el silencio
es una decisión compartida,
algo elegido sin respirar.

Y si alguna vez preguntas
qué encuentro en ti,
siempre responderé:
que puedo ser yo mismo
sin necesidad de vaciarme

Ayer, al despedirnos,
la puerta se quedó abierta,
pensando: de qué parte 

                                estaba yo.

Vine de lejos

Vine de lejos, de tiniebla oscura,
mis brazos, aspas rotas en el suelo,
tu mirada, colgada de aquel cielo,
como una luna presa en su locura.

Se desgarraron nubes en la altura,
abrí los ojos rumbo a mi desvelo;
un galope se acerca, sin consuelo,
tu pelo cae, un río en su premura.

Ebrio quedé de tu entraña más plena,
un viento entre mis manos sopla fuerte,
la sorda brisa que la piel condena;

pienso en los idos, bajo alguna suerte,
qué pequeño es el mundo, una cadena,
cuando en la garganta aprieta la muerte.