Vida de la muerte

Qué haré cuando la vida 
me atenace 
con la vida de la muerte.
Qué haré cuando ella sea 
como cráneo de cordero
en mis rodillas. Cuando 
nada me salve de la nada,
qué haré.
Dímelo tú, que eres vida;
eres muerte, eres 
                      
             el todo en mi vacío.

Romance de verso y cebolla

                                   … A Miguel Hernández.

La noche cierra paredes
con silencio de vil hierro.
Tiembla la luz en el muro,
llueve pesar sobre el suelo.

No queda rastro del aire
ni brisa leve en su aliento,
la piedra guarda su rictus
y enfría todo su cuerpo.

Miguel sostiene cebolla
como quien ama un recuerdo,
pero una luz torna en ocre
y borra ese último gesto.

La tos le rompe despacio
y deja sangre en el pecho,
ninguna voz lo acompaña
nadie alivia ese aire espeso.

El hambre muerde su piel
y apaga el hilo del tiempo.
Cuando la muerte marchó,
Orihuela… lloró al Verso.

No me gustan los eclipses

Un eclipse buscan todos
mirando ciegos al cielo,
se olvidan del hondo duelo
causado por nuestros lodos.

Ignoran con malos modos
al que pide en su escalera;
persiguen luz pasajera,
dejando siempre perdido
al hermano que está herido
en la sombra verdadera.

Mis hijos

Tengo un hijo que nunca nació.
No veo jamás sus ojos,
pero llora lombrices que se enredan
en mi lengua y juegan entredientes.

También tengo amigos poetas
a los que sólo entiendo yo.
Cuando me lamento por mi hijo
ellos me abrazan con sus versos,
–sin palabras– comparten llagas
nacidas en el velo del paladar
y tapan los agujeros de mi calavera.

Mis amigos nacieron de su madre,
pero su poesía –igual que mi hijo–
no nació para torpes.
Mis amigos poetas

                                son hijos míos.

Ella

No pide permiso para existir,
aparece visceral. Vomita
un idioma que no se enseña;
arde en la lengua del necio.
No salva ni promete salvación,
nombra todo lo que tú
borras desde la ignorancia.
Y, cuando cualquier día
crees haberla entendido,
descubres que es ella, sí, ella,
quien te estaba leyendo a ti.

El poema no busca la verdad, busca el hecho.

La verdad poética es “lo que el poema nos hace entender” sobre la vida, las cosas reales para el autor o incluso para nosotros mismos, sabiendo que el poema siempre es verdad, aunque sea la mentira del poeta.
El hecho poético es muy diferente: es lo que nos recorre de pies a cabeza cuando leemos o escribimos y, de repente, sentimos el acontecimiento y la vivencia estética para poder decir: «Me he quedado sin palabras».

VERDAD POÉTICA: más revelación que dato

No va de si lo que cuenta el poema pasó de verdad en la historia, sino de si lo que dice tiene un sentido hondo y te hace ver algo que antes no veías.
La poesía no narra “lo que pasó”, sino “lo que podría pasar” de una manera que suene creíble y universal.
Hoy lo diríamos así: un poema es “verdadero” cuando abre mundo, cuando su palabra te muestra la realidad de otra forma, aunque use imágenes inventadas o “mentiras”.
Por ejemplo, si alguien escribe “estoy tan solo que hasta el eco me ignora”, no es un hecho real, pero puede ser poéticamente verdadero para el poeta que lo escribió, porque observa una experiencia de soledad extrema.

HECHO POÉTICO: el momento: «¡Hostia, esto es poesía!»

No es el poema como objeto (el papel, los versos, la métrica), sino lo que ocurre cuando alguien lo lee o lo escribe y lo siente como poesía. Es ese instante en que un texto, un paisaje o una situación se vuelven poesía para ti, y como dice mi camarada y poeta, Felix Striker: «Pasan cosas». Si lees un poema y no te pasa nada, para ti no hubo hecho poético, aunque el poema esté bien escrito.
Se debe distinguir entre “lo poético” (esa cualidad que puede estar en muchas cosas) y el poema concreto; el hecho poético que esa cualidad se encienda en tu experiencia y te queme las entrañas.

¿Y CÓMO ENCAJAN LOS DOS JUNTOS?

La verdad poética es, el “qué” de fondo que el poema comunica, una visión o revelación; el hecho poético es el “cuándo” y el “cómo” en que esa experiencia se dispara en ti al leer, escribir o vivir algo. Un poema siempre cuenta la verdad poética de su autor, aunque mienta; pero si a ti no te explota el pecho, no hay hecho poético. Eso impedirá encontrar un momento particular en tu vida que luego encuentres reflejado en un poema que te haga decir: «¡Esto sí es lo que yo sentía!»

De como la Esencia torna en arte

En la escuela del pueblo aprendí el temblor de lo real, y en el regreso a la infancia vi al padre bordar en el aire la paciencia de los días, mientras Mamá-rama mecía la tarde con una música morena, casi de pan, casi de lluvia. El hombre de gris cruzó la plaza con sus impresiones de ceniza, y la señora Ana, en su sombra, vendía silencio y dignidad. Ciudad Juárez ardía lejos, muy lejos, pero aquí la melancolía sonaba a campana rota, a sal azul, a un invierno de vidrio.


Hoy vuelves, sí, has vuelto a llamar, y ahí estás tú, reflejo del primer amor; Asunta me hizo recordarte como una llama breve en el pecho. Vayamos al mar, donde la ruptura no sea condena sino ola que limpia, y Selene escriba sobre la noche lo que quiero decir:
No al luto del artista ni al hambre de su voz, no a la demencia de quienes le cierran la puerta al Duende escarchado. Sedúceme, amor mío, con un mundo que cuide la obra, que dé al creador pan, tiempo y luz para crecer sin miedo, porque conozco ángeles, sí, pero también conozco la herida de quien sueña distinto y amanece sin salario ni nombre. Un paseo por las estrellas no basta si la tierra niega el taller, si el insomnio del talento se paga con olvido y con miseria.


Por eso digo y canto, a lo onírico: bailemos, locos por el arte, y que la poesía y su gente aprendan la lección de su propia música: quien protege la voz del creador, protege su futuro; porque el arte florece donde hay justicia, y el pueblo, al cuidarlo, se salva… ¡Nos salva!