Palabras

palabras promesa
palabras tentación

tercas
queman
el conticinio
ebrias
de sol negro
siembran 
con su aleteo 
el miedo 

palabras pesares
palabras aguijón

palabras que no
que no
se las lleva el viento
me sepultan
en tu boca muerta 

¿Estás ahí?

I

Si me fuera dado
el poder de no verte
me besaría los ojos
que fingen sumisos
el silencio de tu presencia.

II

La concavidad se plena de gaviotas
que simulan risas vaginales
en el umbral de los comienzos,
preludio de la boca del mundo.

III

Tal vez las palabras “tal vez”,
tal vez me sanen 
de la llaga de tu ausencia.
Tal vez.

IV

Los oídos se alimentan de 
escamas de peces
que no saben de pájaros
pero ansían tener alas.

V

Cesa el viento,
las gaviotas enmudecen 
y caen del cielo
con rostros que presagian 
el peor de los finales.

VI

No saben 
que detrás de tu nube
ya asoma 
el hilo de una caricia.

Delirio entre minas de fonemas

Cuando hiela el día y hierve la noche 
en la espesura de la constelación
tus lágrimas dudan
entre evaporarse
o mantener su esencia detenida
en diamantes de sal.

En ese momento,
en ese lugar,
no distinguirás 
la cicuta del hinojo,
avanzarás paso a paso
sobre más de cien adoquines
con la incertidumbre
de quien transita
por un campo de minas,

hasta que en tu comunidad 
de palabras abraces aquellas
con las que vivas
un sermón de versos
que te amparen 
y no se suiciden
contagiados por tu miedo.

Siniestro delirio depender
la cordura de fonemas
que ahuyenten a la muerte.

Se aleja la lid bermeja

la sangre se arrastra
seca la boca que ha empezado a anhelar
esa otra juventud en cascada de osadías
obstruye el gemido de la retina
dejando las lágrimas rehenes 
de la nueva espesura 
de cactus impenitentes

el cuerpo conjetura
vulnerable
su nuevo molde inaudito
ya nada reverbera
llegan los matices
rezuman pareceres
balbucean los días 
que tornan la labor 
del pespunte al hilván

la sangre serpentea
muta su arcano rostro
el mortero comienza 
a encogerse en los miedos de lava
mientras el cuerpo conjetura
que la fórmula funciona
con cualquier dígito

Pienso sombra y se desliza un réquiem

Sentí que mi cuerpo traspasaba la piel
hollando la esperanza 
que pretendía atrapar con mis labios.

Sentí que llevaba consigo
la melodía de la sangre,
construida de campanas 
sin sermones ni badajos.

Cuando dejó de ser carne, 
cuando dejó de tener huesos,
se hizo polvo de estrella 
vestido de ceniza.
Me entregó mi sombra 
y escuché su risa afilada,
como un vinilo 
rodando entre cuchillos.

Sentí la humedad de los rostros
que lloraban mi vacío
desde la otra orilla.

Sentí el silencio del réquiem prometido
y ya mi esbozo pudo desvanecerse
e hilvanar la respuesta vivida
a la pregunta ignorada 
—no por ello menos sufrida—,
venciendo así al dilema de los espejos.
¿No oís, acaso,
cómo lloran las palabras? 

Ella, otra vez

Otra vez. Menguante. 
Litigante. Creciente.
Reincidente. 
Vi ayer a la luna con nombre de luna
y sombra de noche
ardiendo en esta mi poesía 
mientras era poema.
Bebió de mis versos 
y, embriagada, dispuso 
la nube de humo de parapeto
para colarse por mi garganta.
Perdí la voz al cerrarse
la puerta que cobija mis palabras. 
Desde entonces pienso mar
y el océano se vuelve compacto y negro
y al pensar viento 
los peces quedan en suspenso
en el acantilado,
riéndose de los árboles
que se curvan al borde del precipicio.

Ya ni pensar puedo sin que ella 
me cante al oído
y me imponga —sí, 
me ha robado la cordura—
y me imponga, —como os venía diciendo—, 
el color del embozo de mis versos.

Tocata y fuga

Apuñalar la almohada 
para desencadenar el baile de las plumas,
como quien se entrega a la urgencia
de los vidrios rojos
con el ansia de invocar 
al júbilo de las fiebres.

—¿Qué pretendes? — me dije.
—Alentar en cada hora muerta
al teatro de la fuga de la conciencia
en busca del término 
de mi eterna búsqueda.

Y aquí estoy, en la rama de un árbol
disfrazada de ave bermeja
como una niña la noche de reyes
en la antesala del olvido,
evitando el asedio del desencanto.

21 gramos

en el instante en que la bala deja de planear y hiere
en el instante en que la bala deja de herir y mata
la sangre no sabe qué hacer
la sangre quiere quedarse
y también quiere escapar

en el instante en que la bala se vuelve muerte
la sangre comienza a comprender
se muta en lava vestida de féretro
y todo alrededor se detiene
para respetar su silencio

De cuando Bernard me ofreció el disparador del cambio

Una mano cruel me quiso vivir
y reconstruyó en barro
mis febriles distancias de las cosas mundanas.
Siete veces siete le supliqué bismuto 
y me fue dado el lodo de las calles.
La misma mano cruel quiso morir mis recuerdos
crispando con piedra pómez las líneas de mi mano.
Siete veces siete moldeó mis muecas
y siete veces siete bebí mis labios
para que nadie los auscultara.

No ceso de ensayarme bismuto,
pero me hago bola cada cierto tiempo
y vivo temerosa de que un mal paso
me mute en concepto deleble
que hasta las polillas esquiven.

Mi padre tocaba la batería.
En este nuevo estado le recuerdo 
más que cuando fui larva. 
Él también comenzó a morirse por las manos.