Se aleja la lid bermeja

la sangre se arrastra
seca la boca que ha empezado a anhelar
esa otra juventud en cascada de osadías
obstruye el gemido de la retina
dejando las lágrimas rehenes 
de la nueva espesura 
de cactus impenitentes

el cuerpo conjetura
vulnerable
su nuevo molde inaudito
ya nada reverbera
llegan los matices
rezuman pareceres
balbucean los días 
que tornan la labor 
del pespunte al hilván

la sangre serpentea
muta su arcano rostro
el mortero comienza 
a encogerse en los miedos de lava
mientras el cuerpo conjetura
que la fórmula funciona
con cualquier dígito

Pienso sombra y se desliza un réquiem

Sentí que mi cuerpo traspasaba la piel
hollando la esperanza 
que pretendía atrapar con mis labios.

Sentí que llevaba consigo
la melodía de la sangre,
construida de campanas 
sin sermones ni badajos.

Cuando dejó de ser carne, 
cuando dejó de tener huesos,
se hizo polvo de estrella 
vestido de ceniza.
Me entregó mi sombra 
y escuché su risa afilada,
como un vinilo 
rodando entre cuchillos.

Sentí la humedad de los rostros
que lloraban mi vacío
desde la otra orilla.

Sentí el silencio del réquiem prometido
y ya mi esbozo pudo desvanecerse
e hilvanar la respuesta vivida
a la pregunta ignorada 
—no por ello menos sufrida—,
venciendo así al dilema de los espejos.
¿No oís, acaso,
cómo lloran las palabras? 

Ella, otra vez

Otra vez. Menguante. 
Litigante. Creciente.
Reincidente. 
Vi ayer a la luna con nombre de luna
y sombra de noche
ardiendo en esta mi poesía 
mientras era poema.
Bebió de mis versos 
y, embriagada, dispuso 
la nube de humo de parapeto
para colarse por mi garganta.
Perdí la voz al cerrarse
la puerta que cobija mis palabras. 
Desde entonces pienso mar
y el océano se vuelve compacto y negro
y al pensar viento 
los peces quedan en suspenso
en el acantilado,
riéndose de los árboles
que se curvan al borde del precipicio.

Ya ni pensar puedo sin que ella 
me cante al oído
y me imponga —sí, 
me ha robado la cordura—
y me imponga, —como os venía diciendo—, 
el color del embozo de mis versos.

Tocata y fuga

Apuñalar la almohada 
para desencadenar el baile de las plumas,
como quien se entrega a la urgencia
de los vidrios rojos
con el ansia de invocar 
al júbilo de las fiebres.

—¿Qué pretendes? — me dije.
—Alentar en cada hora muerta
al teatro de la fuga de la conciencia
en busca del término 
de mi eterna búsqueda.

Y aquí estoy, en la rama de un árbol
disfrazada de ave bermeja
como una niña la noche de reyes
en la antesala del olvido,
evitando el asedio del desencanto.

21 gramos

en el instante en que la bala deja de planear y hiere
en el instante en que la bala deja de herir y mata
la sangre no sabe qué hacer
la sangre quiere quedarse
y también quiere escapar

en el instante en que la bala se vuelve muerte
la sangre comienza a comprender
se muta en lava vestida de féretro
y todo alrededor se detiene
para respetar su silencio

De cuando Bernard me ofreció el disparador del cambio

Una mano cruel me quiso vivir
y reconstruyó en barro
mis febriles distancias de las cosas mundanas.
Siete veces siete le supliqué bismuto 
y me fue dado el lodo de las calles.
La misma mano cruel quiso morir mis recuerdos
crispando con piedra pómez las líneas de mi mano.
Siete veces siete moldeó mis muecas
y siete veces siete bebí mis labios
para que nadie los auscultara.

No ceso de ensayarme bismuto,
pero me hago bola cada cierto tiempo
y vivo temerosa de que un mal paso
me mute en concepto deleble
que hasta las polillas esquiven.

Mi padre tocaba la batería.
En este nuevo estado le recuerdo 
más que cuando fui larva. 
Él también comenzó a morirse por las manos.

La víspera

Romana sabedora del porvenir
que aguarda inerme
al sol que cae.
Haz del eco. 
Envés de nona.
Haz de nervios 
que en la boca que 
precede a la novia
parece eterna,
que espera fraguarse 
en el postrero saludo del adiós.
Millones de personas aguardan.
Solo queda esperar.

Poema áureo y poema cuántico -dos por uno- sobre el proceso de poemar

Ayer y hoy,
he visto en los tejados
un vórtice versal a la deriva,
en una obscena imagen
en penumbra,
oculto tras la luna,
cercado por lápidas de quimeras
metamorfoseadas.
Otras veces,
el rito se despoja
del estertor de vanas ceremonias,
el verbo no conjuga,
palidecen
presagios y certezas 
y el surco se hace cuna de la nana
para ángeles sin guarda.


Si sucede,
si levantan la veda 
de fisuras, de vértigo de sombras,
de díscolos fonemas, 
me desnudo, 
y cortejo al astro, ávida
de soñarme en el arrullo del verso,
como una niña en Reyes.
Me desnudo
para que luna y cuna
me permitan consagrarle mi vida,
trinchera invertebrada.
Si sucede,
será oh mi verso orado,
telúrica enmienda del humo estéril
que habitará el espejo.
No huiré
ya del rostro que aflore 
cuando extraigan mi nombre de la lista.
Anticiparé el réquiem.
Cantaré.
Confiando en lo que nace
daré el poema a la sombra de azogue
como se entrega un hijo.

 

Se vuelve perezosa la mente

¿Qué te causa esa extrañeza?
Certeza.
¿Qué te ciega con inquina?
Neblina.
¿La cordura ha sido hurtada?
Errada.

La idea es ahora alada,
espanta juicios al viento, 
repite el mismo pigmento:
certeza, neblina errada.