quiero decir nube
y ser gallo que canta
quiero tragarme un crepúsculo
quiero mutarme en firmamento
quiero pensar piedra
y sentirme camino
quiero jugar con los versos
y que eso me baste
¿El 6 del 6 del 26?
la que no seré se cuestiona
—lo cuestiona todo—
cambiar lo que aún se puede
cambiar sin escudos
el punto final
el punto final de la danza
de esa danza ya sin música
el punto final
que no es azul ni es lila
ni nube ni lluvia
la que no seré duda
—duda de todo—
si romper los cálices
si seguir bailando
se pregunta si seguir
pintando las manchas de la cuna
o añadir Pantone 19-1533
a la locura ritual
del efebo o del anciano
—de nuevo la pregunta desnuda—
con tirso, copa y corona
yo sé que no debo pero
la que no seré cavila
cuándo ha de servirse
el siguiente cáliz del sermón
de ese sermón de la liturgia
tibia de la última noche
que volará sin alas
Adicción al humo
I
Mientras tú vives ufano
en el cepo de la trampa,
—sin darte cuenta— te estampa
su muesca el destino arcano.
Ya sea invierno o verano,
con un “no, no pasa nada”,
saludas en cada entrada
y te engañas —solo un poco—
aspirando como loco,
palmando en cada calada.
II
No te dejes caer —no te tires—
en la tentación del detalle
que al arder
provoca
el dolor de la sombra roja
y que la lava del pergamino
comience a encoger,
el gargajo en el cemento
y el hedor harapiento.
No te dejes caer,
que ya te abraza del talle
la apnea madura,
que casa —demasiado bien—
con lo que no quieres ser.

Contienda
Humedecen mi fisura
las fronteras de tu predio.
Aguardo alerta el asedio
cual el monje su tonsura
y el exorcismo que adjura.
Avanzadilla incendiaria,
que en la noche solitaria
busca calmar la tormenta
doblegando nuestra afrenta
con una oscura plegaria.

Cuentas de mayores
me deja sin consonantes
me roba la cuerda de la fuga
me arrastra a la orilla
del trapo húmedo de las vocales
no me trata la vida
acuchilla mis pies
con reiterados sudores
y en su extraña obstinación
aleja a quien viene a lamerme la sed
no me trata
emana abismo en la medianoche
y desafina mis jornadas
no me trata y ya ni quiero
muero en la copa de cada suspiro
para dejar de pronunciarla
Una mano cruel me quiso vivir
y reconstruyó en barro
mis febriles distancias de las cosas mundanas.
Siete veces siete le supliqué bismuto
y me fue dado el lodo de las calles.
La misma mano cruel quiso morir mis recuerdos
crispando con piedra pómez las líneas de mi mano.
Siete veces siete moldeó mis muecas
y siete veces siete bebí mis labios
para que nadie los auscultara.
No ceso de ensayarme bismuto,
pero me hago bola cada cierto tiempo
y vivo temerosa de que un mal paso
me mute en concepto deleble
que hasta las polillas esquiven.
Mi padre tocaba la batería.
En este nuevo estado le recuerdo
más que cuando fui larva.
Él también comenzó a morirse por las manos.
Cuando quiero ver a alguien sufrir
lo imagino enamorado
—rehén petrificado—
en la orilla cambiante del Támesis,
furtivo de su propia quimera
—con ciega urgencia, podría decirse—
y el rostro de la esperanza
en la nuca gris de una promesa.
Insisto.
Cuando quiero ver a alguien sufrir
lo imagino rendido
—trastabillando indómito—
con los ojos
en la nuca
bajo el vértice invertido
de cualquier río gris
—sí, tienes razón,
cualquier torrente
ampara este entuerto—-.
Altero los factores, sin embargo,
cuando soy yo
la que anhelo penar
cuando atronan mis rastrojos.
Imagino mi postergado vestigio
envuelto en frágil esfera.
De cristal teñido de pasado.
Tal cual.
Descarto inventarme enamorada
en corriente alguna.
Ella, otra vez
Otra vez. Menguante.
Litigante. Creciente.
Reincidente.
Vi ayer a la luna con nombre de luna
y sombra de noche
ardiendo en esta mi poesía
mientras era poema.
Bebió de mis versos
y, embriagada, dispuso
la nube de humo de parapeto
para colarse por mi garganta.
Perdí la voz al cerrarse
la puerta que cobija mis palabras.
Desde entonces pienso mar
y el océano se vuelve compacto y negro
y al pensar viento
los peces quedan en suspenso
en el acantilado,
riéndose de los árboles
que se curvan al borde del precipicio.
Ya ni pensar puedo sin que ella
me cante al oído
y me imponga -sí,
me ha robado la cordura-
y me imponga, -como os venía diciendo-,
el color del embozo de mis versos.
Endecha de gorrión
intentar
separar la lluvia del viento
ahogar el henchido soplo
que burbujea indolente
espinando sus redondeces
sin acabar de estallar
y a la vez
inventar
que siguen unidos
en el pájaro mojado
que se acerca a mis pies
y come de mi boca
ebrio dislate
en la memoria de mi niebla
La víspera
Romana sabedora del porvenir
que aguarda inerme
al sol que cae.
Haz del eco.
Envés de nona.
Haz de nervios
que en la boca que
precede a la novia
parece eterna
deseando fraguarse
en el postrero saludo del adiós.
Millones de personas aguardan.
Solo queda esperar.