El poeta trabaja

Saint-Pol-Roux colgaba en la puerta de su dormitorio, antes de acostarse, un cartel que decía: el poeta trabaja.

En el artículo anterior quedó apuntado que el poema no aparece cuando uno despeja la tarde, sino cuando la atención está ocupada a medias: caminando, conduciendo, en el filo del sueño. Conviene volver sobre ello, porque no es una ocurrencia particular mía: hay un linaje entero de gente que ha ido a buscar exactamente ese sitio.

El primero que lo describió con precisión de relojero fue Poe, en unas páginas de Marginalia publicadas en 1846. Empieza presumiendo: nunca ha tenido un pensamiento que no pudiera poner en palabras, dice, y con más nitidez incluso que al concebirlo. Y entonces admite la excepción. Hay una clase de figuraciones, de una delicadeza exquisita, que no son pensamientos y a las que le ha resultado imposible adaptar lenguaje. Usa la palabra fancies al azar, aclara, porque alguna tiene que usar; lo que quiere nombrar son más bien sombras de sombras. Solo aparecen, dice, en el punto exacto donde los confines del mundo despierto se funden con los del mundo de los sueños, y solo es consciente de ellas al borde mismo del sueño, sabiendo que lo está.

Lo decisivo viene después. Poe explica que no puede prolongar ese estado, pero sí sobresaltarse desde él hacia la vigilia y arrastrar así el punto entero al reino de la memoria, donde ya puede examinarlo con el ojo del análisis. Eso no es esperar la inspiración. Eso es un método.

Breton llegó al mismo sitio por su cuenta. Cuenta que todo empezó mientras esperaba quedarse dormido, con la retención de una frase muy gráfica —hay un hombre cortado en dos por la ventana— a la que no podía atribuir ninguna procedencia y que, sin embargo, tenía la sintaxis perfecta. De ahí salió Los campos magnéticos, en 1919, y de ahí salió medio siglo de escritura automática. Fíjense en el detalle, que es el que importa: la sintaxis perfecta. El umbral no entrega balbuceos. Entrega lenguaje construido.

Coleridge contó que Kubla Khan se le apareció entero en una ensoñación provocada por el opio, y que un visitante inoportuno, un hombre que venía de Porlock por negocios, lo interrumpió mientras lo transcribía y se llevó consigo el resto del poema. Preciosa historia, pero la contó veinte años después, y hay quien sostiene desde hace tiempo que el hombre de Porlock es invención para justificar que aquello quedara a medias. Stevie Smith lo dijo mejor que nadie: la verdad, creo, es que ya estaba atascado.

Conviene, entonces, traer al escéptico de la casa. Valéry escribió sus Cuadernos durante cincuenta y un años, cada día al amanecer, entre la lámpara y el sol, y despreciaba la doctrina de la inspiración con argumentos difíciles de esquivar. Si el poeta se limitara a transmitir lo que recibe, observa, sería un médium momentáneo, y entonces no necesitaría ni siquiera entender lo que escribe. Y añade la objeción práctica: ante un poema logrado, hay pocas probabilidades de que nadie, por bien dotado que esté, improvise de una sola vez un sistema continuo y completo de aciertos afortunados. Lo que ocurre es que las huellas del esfuerzo —las repeticiones, los arrepentimientos, los malos días, los disgustos— han desaparecido, borradas por el examen último del espíritu sobre su obra.

Creo que Valéry tiene razón y que eso no desmonta nada. El umbral entrega el primer verso, no el poema. Entrega una frase con la sintaxis en su sitio y sin procedencia conocida. Lo demás es taller, y ahí no hay ensoñación que valga.

La ciencia se ha ocupado del asunto hace poco, y con resultados curiosos. Al primer tramo del adormecimiento, ese minuto o dos en que uno ya no está despierto pero todavía responde si le hablan, los laboratorios del sueño lo llaman N1. Un equipo del Instituto del Cerebro de París midió en 2021 qué pasaba ahí dentro: quince segundos en esa franja triplicaban la probabilidad de dar con la solución oculta de un problema, y el efecto se perdía en cuanto los sujetos caían en un sueño más hondo. Lo bautizaron, con más gracia de la que suele gastar la neurociencia, el punto dulce creativo. Que es, palabra por palabra, lo que Poe llamó un punto de tiempo inapreciable atestado de sombras de sombras.

Añadiré algo desde mi propio oficio, donde llevo años trabajando con estados en que la vigilancia baja sin que la persona se ausente. No hay nada esotérico en ello: hay técnica y hay repetición. De ahí viene lo que he dado en llamar hipnopoesía, que no es escribir dormido, sino usar deliberadamente los recursos de ese estado para que el poema encuentre por dónde salir.

Porque de todo esto se deduce algo poco romántico y bastante útil. El estado no llega: se prepara. Poe se despertaba a propósito. Edison y Dalí dormitaban con un objeto en la mano para que el ruido de la caída los devolviera justo a tiempo —y los investigadores de París, por cierto, echan hoy la siesta con una botella de plástico, esperando a que se les caiga. Valéry madrugaba cincuenta y un años seguidos. Breton se acostaba atento.

De ahí el cartel de Saint-Pol-Roux, que ya no parece una boutade. Al otro lado de esa puerta no había nadie descansando.

Mezcla desigual

Pensamos el mundo en parejas. Luz y sombra, dentro y fuera, amor y muerte. Nos parece que las cosas vienen así de fábrica, enfrentadas de dos en dos, y que basta con poner una frente a otra para entenderlas. Pero eso no es una propiedad del mundo. Es una propiedad del idioma con el que lo decimos.

Saussure lo dejó dicho hace un siglo: una palabra no es lo que es por sí misma, sino por no ser las otras. Su identidad es negativa, se constituye contra. De ahí que el lenguaje nos entregue la realidad partida en dos y que nosotros, encima, se lo agradezcamos. Escribimos con pares porque el idioma no sabe darnos otra cosa.

El problema es que el deseo no funciona así.

En 1920, en Más allá del principio del placer, Freud separó las dos pulsiones y les puso nombre: una que empuja hacia la vida y otra que empuja hacia el final. Parecía otro par más, y así se ha divulgado desde entonces, como si fueran dos equipos. Pero tres años después, en El yo y el ello, tuvo que reconocer que no se dan separadas. En cada fragmento de sustancia viva, escribió, están activas las dos clases de pulsiones, aunque en mezcla desigual. No hay pulsión pura. Hay proporciones. Y añadió algo que a los poetas nos concierne directamente: que la vida misma es un compromiso entre ambas aspiraciones.

Si eso es cierto, entonces no existe el poema de amor sin muerte dentro, ni la elegía que no sea, en el fondo, una declaración de amor llegada tarde.

Quevedo lo sabía sin necesidad de Freud. En el soneto que conocemos como Amor constante más allá de la muerte, los tercetos funcionan por correspondencia exacta: el alma dejará el cuerpo pero no el cuidado; las venas serán ceniza, mas tendrá sentido; las médulas serán polvo, mas polvo enamorado. Tres veces se enuncia la aniquilación y tres veces una conjunción adversativa la refuta sin negarla. El par no se resuelve: se mantiene tenso dentro del mismo verso.

Y en el último, que es el que todos recordamos, ni siquiera queda el mas separándolos. Las dos palabras están pegadas. Polvo enamorado: un sustantivo de muerte y un adjetivo de amor, sin nada en medio. Eso es la mezcla desigual de Freud dicha tres siglos antes y en cinco sílabas.

Yo he andado por ahí también. Un verso mío que me ha costado años entender dice: desaparecer en la presencia, disolverse en el siendo. No supe de dónde venía cuando lo escribí. Ahora creo que dice justamente esto: que la presencia no se enfrenta a la desaparición, la contiene; que estar y dejar de estar no son dos casillas sino una sola cosa en distinta proporción. Los gerundios impiden que nada se cierre, que es la única manera que conozco de escribirlo sin mentir.

Queda la pregunta que me traía a este asunto: si en la poesía gana Tánatos. Yo habría puesto la mano en el fuego a que sí. Ahora creo que la pregunta está mal hecha, pero que la impresión tiene una causa, y no es la que parece.

No es que se escriba más sobre la muerte. Es que la muerte presta gravedad. El tema llega con la autoridad puesta de antemano: nadie se ríe de un poema de duelo, aunque sea flojo. El poema de gozo no tiene ese salvoconducto, y si falla se le nota enseguida y se le llama cursi. Compárense las malas imitaciones de uno y otro y se verá: el mal poema de muerte pasa por digno, el mal poema de alegría pasa por ridículo. La elegía es género mayor desde hace tres mil años; el poema de felicidad no tiene ni nombre propio. Eso no es una jerarquía estética, es una herencia que nadie ha revisado.

Y lo digo desde dentro. Yo escribo desde ahí, desde la enfermedad y desde los que faltan, y me he beneficiado de esa facilidad tanto como cualquiera. No estoy acusando a nadie de una cobardía que no comparta.

De modo que el recuento es imposible, y no por falta de método. Es imposible porque no hay poemas de una sola pulsión que contar. Los hay con más de una que de otra, en mezcla desigual, como todo lo vivo.

Eso es, para mí, lo que un poema hace con el idioma que le tocó. El idioma solo sabe oponer: esto y no lo otro, luz y no sombra, vivo y no muerto. El poema es el único sitio donde ese mecanismo se rompe, donde una palabra deja de estar frente a su contraria y pasa a contenerla.

Polvo, pero enamorado.

¿Quien dice yo?

En enero de 1935, Fernando Pessoa le escribió a Adolfo Casais Monteiro para explicarle de dónde venían los heterónimos. Llevaba días, cuenta, intentando inventarse un poeta bucólico para gastarle una broma a un amigo, y no lo conseguía. El día en que finalmente desistió —el 8 de marzo de 1914— se acercó a una cómoda alta, tomó un papel y se puso a escribir de pie, como escribía siempre que podía. Salieron treinta y tantos poemas seguidos, en una especie de éxtasis cuya naturaleza, dice, no conseguiría definir. Lo llamó el día triunfal de su vida. Y describe lo que ocurrió después con una frase de la que él mismo se disculpa por absurda: apareció alguien en él, y ese alguien era su maestro.

Conviene decir enseguida que la escena probablemente no ocurrió. El análisis filológico de Ivo de Castro concluyó que el 8 de marzo, que se sepa, Pessoa descansó, y la carta está escrita veintiún años después de los hechos que narra. Pero eso, lejos de invalidar nada, es lo interesante: la fecha puede ser falsa y Alberto Caeiro existe igual, con su obra, sus discípulos y sus discrepancias internas. Lo inventado es el parto. El hijo está ahí.

Traigo esto porque hace poco leí un artículo de Ana González Serrano sobre el yo lírico y el yo poético, que ordena bien una discusión clásica: si el que habla en un poema es el autor o es otro, y cuántas maneras hay de que sea otro. Son distinciones útiles. Pero todas comparten un supuesto que a mí me parece el verdadero problema: dan por hecho que en alguna parte hay un yo firme, el del poeta, del cual el poema se acerca o se aparta. Yo no estoy tan seguro de que ese yo firme exista.

Y no lo digo por gusto de la paradoja, sino porque el propio Freud, a quien se suele citar en estos asuntos para lo contrario, dice justamente eso. En 1917, en Una dificultad del psicoanálisis, enumeró las tres heridas que la ciencia había infligido al amor propio humano: Copérnico nos sacó del centro del universo, Darwin del centro de la creación, y la tercera, la suya, nos sacó del centro de nosotros mismos. El ser humano, escribe, aunque humillado por fuera, se sentía todavía soberano en su propia alma; y descubre ahora que tropieza con limitaciones de su poder dentro de su propia casa. Le surgen pensamientos que no sabe de dónde vienen y que no puede rechazar. Los llama huéspedes indeseables, y añade que resisten a la voluntad e ignoran la contradicción lógica y el testimonio de la realidad.

Seis años después, en El yo y el ello, el yo aparece ya como un siervo sometido a tres servidumbres a la vez: el mundo exterior, el ello y el superyó. No es el punto de partida de nada. Es un producto, y uno bastante tironeado.

Compárese esa frase de 1917 —huéspedes que surgen no se sabe de dónde y no pueden rechazarse— con la de Pessoa: apareció alguien en mí. Están describiendo lo mismo, uno desde la consulta y otro desde la cómoda.

Y ahí es donde la discusión sobre el yo lírico se queda corta. No se trata de decidir si el que habla en el poema es el poeta o un personaje. Se trata de que el poeta tampoco es exactamente el poeta. Preguntar si el yo del poema coincide con el yo del autor supone que el segundo es más sólido que el primero, y esa es justamente la ilusión que Freud se dedicó a desmontar.

Los heterónimos de Pessoa no son seudónimos ni disfraces. Son autores con obra propia que se llevan mal entre sí: Caeiro es el maestro, Reis y Campos sus discípulos, y discrepan. Pessoa no fingió ser otro. Produjo otros. Por eso su verso más citado no dice lo que se le suele hacer decir: cuando escribe que el poeta es un fingidor, que finge tan completamente que llega a fingir que es dolor el dolor que de veras siente, no está confesando una mentira. Está describiendo una operación. El dolor entra en el poema y sale convertido en algo que ya no es del todo suyo, ni del todo de nadie.

En los artículos anteriores sostuve que el poema aparece cuando la atención está ocupada a medias: caminando, conduciendo, en el filo del sueño, con el vigilante distraído. Si eso es cierto, esto viene a ser su consecuencia. El que escribe en ese estado no es exactamente el que firma después. No hay dos yoes que distinguir y clasificar; hay uno que se está haciendo mientras escribe, y que al terminar el poema no es el mismo que lo empezó.

Raúl Gómez Jattin lo dejó dicho mejor que cualquier teoría, y en tercera persona, que es como hay que decirlo. Escribe que Raúl Gómez Jattin es todos sus amigos y no es ninguno cuando pasa. Y entonces, en mitad del poema, se queda sin nombre: Nadie soy yo. Nadie soy yo.

El poema termina, sin embargo, con una concesión que lo salva de la nada: siendo ellos, y siendo a veces también yo.

A veces. Que es todo lo que un poeta puede decir del asunto sin mentir.
 

‘El oficial en Sihao’ de Du Fu 《杜甫,石壕吏》

暮投石壕村,有吏夜捉人。
老翁逾牆走,老婦出門看。
吏呼一何怒!婦啼一何苦!
聽婦前致詞:三男鄴城戍。
一男附書至,二男新戰死。
存者且偷生,死者長已矣!
室中更無人,惟有乳下孫。
有孫母未去,出入無完裙。
老嫗力雖衰,請從吏夜歸。
急應河陽役,猶得備晨炊。
夜久語聲絕,如聞泣幽咽。
天明登前途,獨與老翁別。


Al anochecer, paro en la aldea de Shihao; cerrada la noche, llega un oficial para reclutar.
Por la pared trepa un anciano y huye; sale a responder la puerta una anciana.
¡Cómo ladra sus órdenes el oficial! ¡Qué amargamente llora la anciana!
Escucho lo que ella dice: sus tres hijos han ido a luchar a Yecheng.
Uno de ellos ha escrito por carta que dos hermanos han muerto en combate.
¡Los supervivientes apenas aferrados a la vida, mientras los muertos se han ido para siempre!
No queda nadie más en casa, solo un nieto, que todavía mama,
y la madre del nieto que va de aqui para allá vestida con harapos.
La anciana, aunque débil, ruega al oficial que se la lleve esta noche
para servir en la urgente guerra de Heyang y cocinar el desayuno para el ejercito.
Entrada la noche, las voces cesan, pero me parece oír sollozos ahogados.
Al amanecer, continúo mi viaje, despidiéndome solo del anciano.

 

*traducción original de Chirene

Contexto: la historia ocurre durante la rebelión de An Lushan , evento que marcó el declive de la dinastía Tang; una época de rebelión, guerra constante, inestabilidad social y, sobre todo, reclutamiento forzoso. El poeta Du Fu posiblemente presenció el evento que narra el poema mientras viajaba para ocupar un nuevo puesto en la corte.

Ilustración del poema «El oficial de Shihao» de Du Fu (1958), de Fu Baoshi (傅抱石, 1904–1965), uno de los maestros más influyentes de la pintura china moderna del siglo XX.

Ilustración del poema «El oficial de Shihao» de Du Fu (1958), de Fu Baoshi (傅抱石, 1904–1965), uno de los maestros más influyentes de la pintura china moderna del siglo XX.

El fuego y la palabra

El poema en la voz del autor.

Cuando la noche inclina su cabeza
y el mundo queda en sombra silenciosa,
mi voz, es la luz tenue y peligrosa
que nace entre la duda y la tristeza.

No sé si es la esperanza o la belleza
quien llama desde el fondo de la rosa;
pero al nombrarla, el alma temerosa
recobra con el verbo su firmeza.

La palabra es un gran fuego encendido
que vence la distancia con calor,
y alumbra lo que el miedo vuelve oscuro.

Por ella el corazón queda perdido,
mas busca siempre ausencia de dolor
queriendo ser canción y ritmo puro.

El veneno

Bebí el veneno de las calles
a las tres de la mañana, mientras
los faroles parpadeaban
como ojos moribundos. No hay
dios en este vaso, solo
hielo y olvido. Mi pluma
es un cuchillo que se clava
en el papel. La ciudad
me escupe y yo sonrío
con los dientes rotos. Sombras
de bares cerrados se arrastran
por mi espalda. Todo huele
a tabaco viejo y esperanza
quemada. Pero en el fondo
del abismo una pequeña apertura
permite que entre la luz.

Sin título

acepto
que la piedra
es sabiduría
belleza convulsa
y fugaz
a la mirada
del hombre
igual
que acepto
el abrazo
de la noche
antes de llegar
la palabra
la palabra
que
cada día
sigue siendo

        mi noche

De noche oígo tus gatos

Aullaban en sus ecos
En la noche azabache
Envueltos en sus colas
A veces tristes
A veces sonriendo
¿Qué buscabas, qué veías en ellos?
Algo felina eras
Buscando tus silencios
Un café, un vichy y un ducados
Eran suficiente
Pero buscabas algo
Arriba en el firmamento
En las calles, en los muelles
Donde creías que había agua
Y estaba seco
Con lo bonita y sincera que eras
Creíste que eras un estorbo
A los 23 años la vida se te hizo pequeña
Y decidiste escaparte
De noche, en silencio

Nombrar lo innombrable

LA SENCILLA PROFUNDIDAD EN SAN JUAN DE LA CRUZ Y JAN TWARDOWSKI

Hay una paradoja en la mística: que lo más profundo, lo que está fuera del lenguaje, se dice con las palabras más simples. San Juan de la Cruz escribe “En una noche oscura, / con ansias en amores inflamada” y abre un abismo con palabras que todos usamos. “Noche.” “Oscura.” “Amor.” Cotidianas. Devastadoras.
Jan Twardowski va más lejos. Su lenguaje es casi infantil a veces. Tan sencillo que duele. Habla de Dios como quien habla del aire que respira. Sin ornamento. Sin pretensión. Y sin embargo, toca lo que ninguna teología puede nombrar.
¿Cómo lo hacen? ¿Cuál es la estrategia lingüística de quienes intentan decir lo innombrable? Porque no es hermetismo. No es dificultad. Es lo opuesto: es la sencillez que se convierte en profundidad. Es la palabra cotidiana que de repente abre hacia lo infinito.
Es la paradoja de la mística: que solo la sencilla profundidad alcanza a Dios. Porque Dios —si existe— no habla en cifras. Habla en silencio. Y la tarea del poeta místico es encontrar las palabras simples que recrean ese silencio.

TWARDOWSKI — LA SENCILLEZ RADICAL

Jan Twardowski comienza por lo más simple: “Démonos prisa en amar, la gente se va tan pronto, / solo deja tras ellos sus zapatos y un teléfono mudo.”
El genio de Twardowski es esto: que elige detalles que el lector ya conoce. Zapatos. Teléfono. Cosas que están en tu casa. En tu realidad. Y luego las coloca juntas de forma que cobran un peso que no tenían.
No es que la palabra sea sagrada. Es que el orden de las palabras hace que lo cotidiano brille diferente. El teléfono que nadie responde no es una metáfora de Dios. Es el teléfono. Pero cargado de una soledad tan radical que se convierte en misterio.
“Amamos siempre poco y demasiado tarde.” Twardowski no poetiza el fracaso del amor. Lo nombra como diagnóstico clínico. Y en esa frialdad diagnóstica, de repente, toda la tragedia humana está ahí.
Porque la estrategia de Twardowski es la renuncia a la ornamentación. Cuanto menos adornos, cuanto más desnuda la frase, más potencia gana. Como si cada palabra que quita fuera un velo que cae.

SAN JUAN DE LA CRUZ — LA NOCHE OSCURA COMO GUÍA

San Juan no renuncia a la ornamentación. Hace lo opuesto: rompe la lengua desde adentro.
“En una noche oscura, / con ansias en amores inflamada.”
Nota el orden: “con ansias en amores inflamada” — la sintaxis es extraña. Las palabras no obedecen el orden castellano natural. Y eso no es accidente. Es que San Juan está dislocando el significante mismo para que el lector sienta, en la fractura del lenguaje, la fractura del yo.
Porque lo que San Juan descubre es que la experiencia mística rompe la gramática. No puede expresarse en orden lógico. Debe expresarse en torsión.
La noche oscura no es ausencia. Es inversión total de categorías. En el día vemos con los ojos físicos. En la noche, el alma ve con otra luz: “Aquesta me guiaba / más cierto que la luz del mediodía.” La noche es más clara que el mediodía. La oscuridad es más luminosa que la claridad.
San Juan hace que el lenguaje diga lo imposible: que la ceguera es visión, que la noche es luz, que perder el yo es ganarlo todo. Y para eso, debe torcer la lengua. Debe hacer que las palabras se volteen sobre sí mismas.

LA PARADOJA — DOS CAMINOS, UN ENCUENTRO

Twardowski reduce. San Juan torsiona. Pero ambos llegan al mismo lugar: al borde donde el lenguaje falla.
La diferencia es el método. Twardowski llega a la ausencia quitando palabras. San Juan llega a la paradoja retorciéndolas. Uno elimina. Otro invierte. Pero en ambos casos, lo que queda es un espacio donde ya no hay mediación.
No hay lenguaje que explique “zapatos” después de la muerte. No hay gramática que atrape la experiencia de ser guiado por la oscuridad.
Y eso es lo radical: que dos estrategias poéticas completamente opuestas —la economía radical y la dislocación sintáctica— ambas desembocan en lo inefable.
Lo que sugiere que la mística no es un método. Es un reconocimiento: que hay experiencias que ninguna estrategia lingüística puede capturar. Solo aproximarse. Solo susurrarlas.

LA AUSENCIA COMO PRESENCIA — CUANDO EL LECTOR COMPLETA

Hay algo que sucede cuando el poeta se calla. El lector entra en el silencio y lo puebla de su propia experiencia.
Cuando Twardowski deja el “teléfono mudo,” no completa la frase. No explica qué significa. Y ahí, en ese vacío, cada lector mete su propia muerte. Su propia soledad. Su propio teléfono que nadie responde.
Cuando San Juan escribe “Quedéme y olvidéme,” no describe qué siente el alma. Deja la experiencia incompleta. Y el lector debe vivir esa disolución del yo en su propio cuerpo, en su propia noche.
La ausencia en la mística no es falta. Es invitación. El poeta retira la mano. Se aparta. Y le da al lector el espacio para que sea él quien descubra a Dios, no quien lo reciba explicado.
Es un acto de fe del poeta en el lector. Una confianza de que lo no-dicho será más potente que lo dicho. Que el silencio del texto creará un silencio en el lector. Y en ese silencio compartido, algo sucede que no tiene nombre.

ENSEÑANZA

Aquí está lo que nos enseña la mística verdadera: que el poeta que intenta nombrar lo innombrable debe aceptar el fracaso como parte de la tarea.
No es que Twardowski y San Juan hayan “logrado” decir a Dios. Es que asumieron que es imposible. Y trabajaron precisamente desde esa imposibilidad. No pretendieron capturar lo sagrado. Pretendieron apenas aproximarse. Rozarlo.
Para quien escribe hoy desde el dolor, desde lo profundo, desde la necesidad de nombrar lo que escapa — la lección es esta: que el coraje no está en lograr la perfección. Está en aceptar que fracasarás. Que siempre dirás menos de lo que sientes. Que el silencio te vencerá.
Y escribir de todas formas. Como Twardowski en sus versos simples. Como San Juan en su celda oscura. No porque logren nombrar a Dios. Sino porque el acto mismo de intentarlo — sabiendo que es imposible — es donde vive la verdadera fe.
No en la certeza. En el intento. En la aceptación de que algunos misterios no tienen palabras.
Y en eso, paradójicamente, el silencio se convierte en la voz más potente que existe.