Contienda

Humedecen mi fisura
las fronteras de tu predio.
Aguardo alerta el asedio
cual el monje su tonsura
y el exorcismo que adjura.
Avanzadilla incendiaria,
que en la noche solitaria
busca calmar la tormenta
doblegando nuestra afrenta
con una oscura plegaria.

 

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Poemas

La luna y el gallo

Diríase que cuando crepita blanca la luna
comienzan a croar los lamentos.
Diríase que el romero —enloquecido—
llora entonces porque no sabe nadar.
Diríase que el pozo torna de negro luto
el dolor de la pared del norte,
esa que al recibir el alba
deja ya de temblar.

Si yo pudiese detenerla
¡ay si yo pudiese!
el gallo cantaría coplas de espuma
para que el jardín
se haga amigo del mar.

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Poemas

Mañana es casi otoño

Y ya no pensaré en la necesidad
ebria de parir títulos para alumbrar el día.
Luciré la niña que
amanece y no le escuece.
La niña que no evita el saludo
de la cabra
que se detiene en su camino.

Cierro los ojos
y se me revela
la lluvia a tragos que viviré
todas y cada una de las mañanas
que un petirrojo dé la vuelta al sol
sin quemarse.

Y se me revela
en el centro del nuevo frío
un gris con atrevimiento blanco
de palabras de caligrafía tardía
—con la rítmica cadencia
de las burbujas al viento —.

Se malogró agosto, hermano.
Media vuelta.
Mañana es casi otoño.
Ya no es tiempo para cobijarse
en las esquirlas de las vainas.

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Poemas

Rutina en urdimbre de redondillas

El roce de las mañanas
no es deshora sospechosa
para esquivar yo la fosa
y pintar trozos de ganas.

Creo personas simétricas
que engendro con esos trozos,
las cambio por alborozos
y olvido gargantas tétricas.

Mudo así y tomo otro estado,
también para todas ellas,
y ya todas nuestras huellas
olvidan su fiel pasado.

Unos lo llaman locura.
Yo no sé qué puede ser.
Es una forma de ver
que atempera mi amargura.

 

 

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Poemas

Doble rasero

porque tengo que hablar de vivir
me tengo primero que morir

porque para saber de la muerte
―‍para saber de la vida―‍
me tengo primero que vivir
esa anáfora de vidas
que mueren al vivirlas

abrazada a esta vida
me dejo morir desentrañando
en el polvo que conmigo muere
la única certeza de estar viva

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Poemas

Adicción al humo

I
Mientras tú vives ufano
en el cepo de la trampa,
—sin darte cuenta— te estampa
su muesca el destino arcano.

Ya sea invierno o verano,
con un “no, no pasa nada”,
saludas en cada entrada
y te engañas —solo un poco—
aspirando como loco,
palmando en cada calada.

II
No te dejes caer —no te tires—
en la tentación del detalle
que al arder
provoca
el dolor de la sombra roja
y que la lava del pergamino
comience a encoger,
el gargajo en el cemento
y el hedor harapiento.

No te dejes caer,
que ya te abraza del talle
la apnea madura,
que casa —demasiado bien—
con lo que no quieres ser.

 

 

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