Ella: Su tierra, su piel, y nosotros

La búsqueda del sentido trajo una serendipia bajo la luna rosa: la rebusca. La dama del amor, con llanto celestial, desnudó la mentira y gritó: “¿Por qué?”, mientras sus pasos vacilantes se volvían firmes como el roble ante el viento.
Entre la vigilia y el sueño nadie en la plaza osa levantar la voz; por boca de mujer –como tú, mujer–  yo grito: “¡Dejadme tranquila!”, “¡Basta!”. Me voy para siempre, rompiendo las cadenas que la historia forjó con hierro y olvido.
Yo no soy poeta, pero en mi entraña enamorada late una belleza infinita. Tú sabes el camino, sin más; y aunque solo siete días me queden, te quiero con la furia de quien ha callado demasiado. Eso es amor: no solo palabras, sino música, agua y fuego.
Me pregunto qué sociedad sería capaz de escuchar a la mujer: no como eco, sino como raíz; no como adorno, sino como ella misma; columna que sostiene nuestro templo, con manos que sanan y ojos que ven más allá del espejo.
Su voz es río que arrastra piedras del silencio ancestral; su cuerpo, mapa de batallas ganadas sin medallas ni aplausos; en sus venas corre no solo sangre, sino memoria viva de resistencias.
Ella no es flor ni musa decorativa en jarrón ajeno: es arquitecta de futuros, tejedora de puentes sobre abismos de indiferencia. Cuando habla, el mundo se detiene; cuando camina, la tierra aprende a temblar.
Por eso —recuerda—, no midas el valor de la mujer por su silencio, sino por la fuerza con que rompe las cadenas y nos enseña el camino: quien la ignora se pierde en la oscuridad; mas quien la escucha halla la luz que ilumina… a toda la especie humana.

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Poemas Prosa Poética

Plomo y memoria

La sombra del solsticio desciende
La triste máquina que nunca frena
La imposibilidad negra crece
Imposible segar todos los campos
Faltan las manos propias que cultiven
Para poder honrar todos los santos
Sacar los ojos a la negra noche
No puedo ni decir una palabra
Como plomo que cae lentamente
Pegado a mi espalda como cruz
Recuerdas la vida que fue tan cierta
Cuando los bordes temblorosos iban
Te incitaban siempre al desorden
Y la libertad nunca fue un sueño

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Poemas

De cómo la Esencia torna en arte

En la escuela del pueblo aprendí el temblor de lo real, y en el regreso a la infancia vi al padre bordar en el aire la paciencia de los días, mientras Mamá-rama mecía la tarde con una música morena, casi de pan, casi de lluvia. El hombre de gris cruzó la plaza con sus impresiones de ceniza, y la señora Ana, en su sombra, vendía silencio y dignidad. Ciudad Juárez ardía lejos, muy lejos, pero aquí la melancolía sonaba a campana rota, a sal azul, a un invierno de vidrio.
Hoy vuelves, sí, has vuelto a llamar, y ahí estás tú, reflejo del primer amor; Asunta me hizo recordarte como una llama breve en el pecho. Vayamos al mar, donde la ruptura no sea condena sino ola que limpia, y Selene escriba sobre la noche lo que quiero decir:
No al luto del artista ni al hambre de su voz, no a la demencia de quienes le cierran la puerta al Duende escarchado. Sedúceme, amor mío, con un mundo que cuide la obra, que dé al creador pan, tiempo y luz para crecer sin miedo, porque conozco ángeles, sí, pero también conozco la herida de quien sueña distinto y amanece sin salario ni nombre. Un paseo por las estrellas no basta si la tierra niega el taller, si el insomnio del talento se paga con olvido y con miseria.
Por eso digo y canto, a lo onírico: bailemos, locos por el arte, y que la poesía y su gente aprendan la lección de su propia música: quien protege la voz del creador, protege su futuro; porque el arte florece donde hay justicia, y el pueblo, al cuidarlo, se salva… ¡Nos salva!

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