Tengo un hijo que nunca nació.
No veo jamás sus ojos,
pero llora lombrices que se enredan
en mi lengua y juegan entredientes.
También tengo amigos poetas
a los que sólo entiendo yo.
Cuando me lamento por mi hijo
ellos me abrazan con sus versos,
–sin palabras– comparten llagas
nacidas en el velo del paladar
y tapan los agujeros de mi calavera.
Mis amigos nacieron de su madre,
pero su poesía –igual que mi hijo–
no nació para torpes.
Mis amigos poetas
son hijos míos.
