Pienso sombra y se desliza un réquiem

Sentí que mi cuerpo traspasaba la piel
hollando la esperanza
que pretendía atrapar con mis labios.

Sentí que llevaba consigo
la melodía de la sangre,
construida de campanas
sin sermones ni badajos.

Cuando dejó de ser carne,
cuando dejó de tener huesos,
se hizo polvo de estrella
vestido de ceniza.
Me entregó mi sombra
y escuché su risa afilada,
como un vinilo
rodando entre cuchillos.

Sentí la humedad de los rostros
que lloraban mi vacío
desde la otra orilla.

Sentí el silencio del réquiem prometido
y ya mi esbozo pudo desvanecerse
e hilvanar la respuesta vivida
a la pregunta ignorada
-no por ello menos sufrida-,
venciendo así al dilema de los espejos.

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