Atrévete a cruzar
esa puerta sin nombre,
abraza –sin dudar–
el ansiado día,
no pidas permiso.
Deja la vieja costumbre
en el efímero sueño
donde descansa
la inútil advertencia.
Sabes muy bien
que hay un territorio
oculto en tu pecho,
y sabes que:
aunque algo cambie
no cambiarás tú
sino el mundo.
