
Representar es que algo ocupe el lugar de otra cosa. La huella ocupa el lugar del pie; la palabra perro, el lugar del perro. Hasta ahí, nada nuevo. Lo interesante viene después: entre la palabra y la cosa la distancia nunca puede ser cero. Si lo fuera, todo se derrumbaría, porque nada puede ocupar su propio lugar. Siempre sobra algo en la palabra que no está en la cosa, y siempre queda algo en la cosa que la palabra no alcanza.
Ese resto tiene nombre en el psicoanálisis: deseo. Y tiene nombre en nuestro oficio: poema. Escribimos porque el intercambio es imposible, no a pesar de ello. El día en que la palabra madre devolviera exactamente a tu madre, dejaríamos de escribir.
De ahí sale lo que Montalbetti llama el Teorema de Lacan: en todo sistema de palabras siempre falta una. Una que no está, que no se puede nombrar, y sin la cual el resto no se sostendría. Y entonces la fórmula: una obra es una cadena de palabras haciendo borde alrededor de una falta. No se trata de tener algo profundo que decir y luego decirlo con belleza. Se trata de que las palabras dibujen el contorno de aquello que no tiene palabra, como el barro del alfarero no rodea un hueco que ya existía: lo fabrica al rodearlo. Lo difícil no es abrir el vacío; es que siga siendo vacío después de haberlo organizado. Un poema fracasa exactamente ahí, cuando el hueco que abrió se le rellena de explicación.
Y aquí el hallazgo del texto. Brunelleschi le regaló a la pintura dos cosas que no están en el mundo: la línea del horizonte y el punto de fuga. No estaban fuera esperando; las ponemos nosotros para que el mundo parezca objetivo.
¿Cuál es la línea del horizonte del lenguaje? La barra que separa el sonido del sentido. Esa raya que damos por descontada —arriba la palabra, abajo lo que significa— tampoco viene dada. La ponemos para que la comunicación parezca garantizada. No lo está. Solo hay subjetividades incompletas hablándose.
Entonces Montalbetti se atreve: un poema es lenguaje sin línea del horizonte. Piénsese en Trilce, en Beckett, en Gertrude Stein. Textos donde la raya se ha borrado y ya no se sabe qué está arriba y qué abajo, dónde acaba el sonido y empieza el sentido. Es la definición más limpia que he leído de lo que hacemos. Un poema no es un mensaje adornado: es lenguaje al que se le ha retirado la garantía.
Última distinción, y es la que nos concierne. Hay representaciones cerradas: sé perfectamente que el embajador está en lugar del Estado. Y hay representaciones abiertas: un cuadro, una casa, un poema. Están en lugar de otra cosa que no sabemos cuál es. Por eso hablamos de ellos sin parar.
Y por eso un poema no se agota. No porque sea profundo, ni porque el autor fuera un alma torturada, ni porque esconda una clave. No se agota porque en toda cadena de palabras siempre falta una, y esa falta garantiza que el canje nunca sea perfecto.
Escribir es aceptar ese trato: poner palabras alrededor de lo que no tiene ninguna, y dejar el hueco intacto.