Pensamos el mundo en parejas. Luz y sombra, dentro y fuera, amor y muerte. Nos parece que las cosas vienen así de fábrica, enfrentadas de dos en dos, y que basta con poner una frente a otra para entenderlas. Pero eso no es una propiedad del mundo. Es una propiedad del idioma con el que lo decimos.
Saussure lo dejó dicho hace un siglo: una palabra no es lo que es por sí misma, sino por no ser las otras. Su identidad es negativa, se constituye contra. De ahí que el lenguaje nos entregue la realidad partida en dos y que nosotros, encima, se lo agradezcamos. Escribimos con pares porque el idioma no sabe darnos otra cosa.
El problema es que el deseo no funciona así.
En 1920, en Más allá del principio del placer, Freud separó las dos pulsiones y les puso nombre: una que empuja hacia la vida y otra que empuja hacia el final. Parecía otro par más, y así se ha divulgado desde entonces, como si fueran dos equipos. Pero tres años después, en El yo y el ello, tuvo que reconocer que no se dan separadas. En cada fragmento de sustancia viva, escribió, están activas las dos clases de pulsiones, aunque en mezcla desigual. No hay pulsión pura. Hay proporciones. Y añadió algo que a los poetas nos concierne directamente: que la vida misma es un compromiso entre ambas aspiraciones.
Si eso es cierto, entonces no existe el poema de amor sin muerte dentro, ni la elegía que no sea, en el fondo, una declaración de amor llegada tarde.
Quevedo lo sabía sin necesidad de Freud. En el soneto que conocemos como Amor constante más allá de la muerte, los tercetos funcionan por correspondencia exacta: el alma dejará el cuerpo pero no el cuidado; las venas serán ceniza, mas tendrá sentido; las médulas serán polvo, mas polvo enamorado. Tres veces se enuncia la aniquilación y tres veces una conjunción adversativa la refuta sin negarla. El par no se resuelve: se mantiene tenso dentro del mismo verso.
Y en el último, que es el que todos recordamos, ni siquiera queda el mas separándolos. Las dos palabras están pegadas. Polvo enamorado: un sustantivo de muerte y un adjetivo de amor, sin nada en medio. Eso es la mezcla desigual de Freud dicha tres siglos antes y en cinco sílabas.
Yo he andado por ahí también. Un verso mío que me ha costado años entender dice: desaparecer en la presencia, disolverse en el siendo. No supe de dónde venía cuando lo escribí. Ahora creo que dice justamente esto: que la presencia no se enfrenta a la desaparición, la contiene; que estar y dejar de estar no son dos casillas sino una sola cosa en distinta proporción. Los gerundios impiden que nada se cierre, que es la única manera que conozco de escribirlo sin mentir.
Queda la pregunta que me traía a este asunto: si en la poesía gana Tánatos. Yo habría puesto la mano en el fuego a que sí. Ahora creo que la pregunta está mal hecha, pero que la impresión tiene una causa, y no es la que parece.
No es que se escriba más sobre la muerte. Es que la muerte presta gravedad. El tema llega con la autoridad puesta de antemano: nadie se ríe de un poema de duelo, aunque sea flojo. El poema de gozo no tiene ese salvoconducto, y si falla se le nota enseguida y se le llama cursi. Compárense las malas imitaciones de uno y otro y se verá: el mal poema de muerte pasa por digno, el mal poema de alegría pasa por ridículo. La elegía es género mayor desde hace tres mil años; el poema de felicidad no tiene ni nombre propio. Eso no es una jerarquía estética, es una herencia que nadie ha revisado.
Y lo digo desde dentro. Yo escribo desde ahí, desde la enfermedad y desde los que faltan, y me he beneficiado de esa facilidad tanto como cualquiera. No estoy acusando a nadie de una cobardía que no comparta.
De modo que el recuento es imposible, y no por falta de método. Es imposible porque no hay poemas de una sola pulsión que contar. Los hay con más de una que de otra, en mezcla desigual, como todo lo vivo.
Eso es, para mí, lo que un poema hace con el idioma que le tocó. El idioma solo sabe oponer: esto y no lo otro, luz y no sombra, vivo y no muerto. El poema es el único sitio donde ese mecanismo se rompe, donde una palabra deja de estar frente a su contraria y pasa a contenerla.
Polvo, pero enamorado.
